Aún recuerdo las cosas que hacía cuando era pequeño, quiero decir lo que más me gustaba. Tenía todo el tiempo del mundo, así que dedicarle tiempo a todas aquellas cosas no era difícil, un juego de niños, nunca mejor dicho.
Recuerdo lo mucho que me gustaba jugar al balón, pero a mi manera. Siempre fui un poco fantástico a la hora de emprender cualquier actividad, y terminaba por inventar e imponer mis propias reglas. Si lo habitual era colocar un par de piedras a cada lado de la calle a modo de portería y lanzar balones a punterazos, yo prefería disponer dos niñas contra la pared y cañonearlas a balonazos. Lo pasábamos mucho mejor, ya lo creo, cuando alguna de las chicas se agarraba la nariz entre chillidos y gotas de sangre. Entonces cantaba gol y todos mis amigos corrían a abrazarme. Gol, gol , gol, gritaban, y me subían a hombros y todo. Ya por entonces era un poco cabrón, pequeño pero cabrón.
Horas más tarde sonaba el timbre en casa y cuando mi madre se disponía a abrir la puerta, ya hacía rato que andaba yo refugiado bajo la cama. Sabía perfectamente que era la madre de una de las niñas torturadas que venía a decirle a mi madre, como si ella no lo supiera, el pedazo de sinvergüenza que estaba criando. La pobre de mi madre, ruborizada hasta la planta de los pies, pedía disculpas y acariciaba los mofletes con hematomas de la pequeña, y le decía que no llorase más, que no volvería a pasar, que ya me iba a enterar yo de lo que valía un peine. Después se ponía a buscarme. Dónde estás, gritaba por toda la casa, dónde estás gamberro, hasta que finalmente me encontraba. De una oreja me llevaba hasta el sofá del salón y me ordenaba sentarme. Ahí quieto, me decía colorada por el esfuerzo, como te muevas me quito la zapatilla. Al rato volvía con un libro, el primero que pillaba de cualquier estantería de la biblioteca de mi padre. Lo abría por la primera página y me lo daba. A estudiar, y cuidado con engañarme que después te pienso preguntar, y se iba. Por aquel entonces yo odiaba todo lo que tuviese que ver con los libros, leer, estudiar, subrayar, memorizar y sobre todo escribir. Ironías de la vida.
Sin embargo, a pesar de lo mal que lo pasaba cada vez que tenía que leer, nunca encontré peor castigo que el de no ver la tele. Cuando mi padre volvía del trabajo y mi madre le contaba mis andanzas, apagaba de inmediato el televisor. Hoy te quedas sin Barrio Sésamo. Eso sin contar con el pedazo de hostia a mano abierta que me propinaba como colofón, el cual me dolía muchísimo menos que cuando me decía que durante una semana, además, me encerraría en mi habitación a la hora del Coche Fantástico. Una habitación sin tele, naturalmente. Adiós a Michael Knight. Entonces era cuando comprendía lo que era el auténtico dolor, y por primera vez, trataba de imaginarme lo que debían sentir aquellas niñas cada vez que hacían de blanco humano.
También recuerdo series como La Bola de Cristal, el único motivo por el que madrugaba los sábados en lugar de dormir a pierna suelta hasta la hora del almuerzo. Diablos, como me gustaba la Bruja Avería, y Alaska, y Gurruchaga parodiando al agente 007 cuando disparaba con su walter ppk y hacía blanco en el centro del ojo del diafragma, tiñiéndose de inmediato la pantalla de espesa sangre. Y Kiko Veneno haciendo de Frankenstein con un tornillo descomunal atravesándole la mandíbula, y Pablo Carbonell haciendo, como siempre sería habitual en él, de todo un poco. A él precisamente le debo mis primeras clases de inglés gracias a una canción titulada On the desk. La cantaba con su banda de Los Toreros Muertos. Mi sastre es rico y mi madre está en la cocina, decía la letra, and i want to fuck all the girls, y frases igual de geniales y útiles. Lo que nunca me llegué a explicar fue como la señorita de inglés del colegio, cada vez que le pedía que me tradujese algunos trozos de aquella canción, siempre me dijese que no lo sabía. Esas palabras no las conozco, me decía, será mejor que te centres en los pronombres personales y en el verbo to be. Y yo, claro, pensaba que menuda birria de profesora de inglés tenía, incapaz de traducir a Los Toreros Muertos, el mejor grupo del mundo por aquel entonces. Tampoco yo fui capaz captar el significado de tan sublime letra, los Collins de aquellos años no incluían la palabra fuck, lo que me llevó a pensar que la persona con mayor nivel de inglés, no solo ya en España y el Reino Unido sino en el mundo entero, era Pablo Carbonell.
Comenzaron a emitir Uve, los sábados por la tarde creo, y a partir del primer capítulo me enganché como un ama de casa a una telenovela. Después me bajaba al pasaje que había justo debajo de mi casa a jugar con el resto de niños. Yo siempre quería ser Donovan, el héroe que lideraba la resistencia en la Tierra. El problema era que todos querían ser Donovan, problema que solucionábamos de forma democrática, con una pelea multitudinaria donde todos ejercían su derecho al puñetazo y a la patada en los huevos. Igual que en la serie, era la guerra por hacerse con el poder. Pocos días después comenzaron a aparecer uves rojas en los buzones del correo y en las paredes de los pasillos, trazados con pintalabios y ceras plastidecor. La invasión había comenzado.
Si alguna vez hubo un precursor de los programas de bricolage doméstico, ese fue Mc Gyver. Me quedaba fascinado cada vez que salía de algún apuro valiéndose de objetos de andar por casa. ¿Cómo lo hará? ¿Será verdad que eso funciona? Y nada más terminar el capítulo iba corriendo a buscar la caja de herramientas de mi padre y trataba de poner en práctica algún truco. A parte de la ballesta que fabriqué con una tabla, una puntilla y una pinza de la ropa, nunca conseguí arreglar el motor del coche de mi padre con el envoltorio de un trident. Y con respecto al éxito que Mc Gyver cosechaba con las chicas, tampoco fui fiel reflejo suyo, y cada vez que me acercaba a alguna niña en el recreo, ésta salía huyendo mientras gritaba al resto: corred corred, que viene el de los balonazos.
Me apunté al taller de flauta del colegio sólo para aprender a tocar las melodías de mis series favoritas. Al final del trimestre teníamos que tocar una melodía, la que cada uno quisiera. Yo interpreté todo el repertorio que llevaba preparando desde el primer día: El gran héroe americano, El coche fantástico, El trueno azul, El halcón callejero, Mc Gyver, Uve, La bola de cristal, El equipo A, Curro Jiménez. En algunas de ellas hube de recurrir a escalas mayores, lo que hizo aún más espectacular mi ejecución. Cuando mi flauta expulsó la última nota, toda la clase irrumpió en aplausos y ovaciones y Don Olegario, asombrado, hubo de darme un sobresaliente. Santo Dios niño, ¿dónde aprendiste a tocar así? ¿Has estudiado solfeo? ¿Desde cuando llevas en el conservatorio? A todo contesté que no. Incluso cuando me preguntó si me gustaría interpretar el himno de Blas Infante para el Día de Andalucía. Le dije que lo sentía mucho pero que en el fondo me debía a mis estudios. Le mentí. La idea no me atrajo en absoluto. Pero después de aquello, seguí actuando en mi dormitorio, todas las tardes, con el balcón abierto, oculto tras unas cortinas, para que todo el barrio se estremeciese al escuchar aquellas notas y se preguntasen, desconcertados, quién sería el artífice de tan armoniosas melodías. Puro underground.
Por la misma época comencé a frecuentar los salones recreativos. La primera vez que jugué fue al Asteroids y el precio de la partida era de 2 duros. Conseguí mantener a salvo la nave un minuto escaso, al cabo del cual -una vez sufridos tres impactos devastadores- apareció en la pantalla un mensaje: game over, insert coin. Como nunca disponía del dinero suficiente para jugar más de dos partidas seguidas, comencé a explorar otros métodos para hacerme con el dinero. Así fue como empecé a sisarle a mi madre en las compras, a tomar prestado del monedero de mi padre y a hurgar en las cabinas telefónicas. Hubo días en que pasé hasta 8 horas jugando. Esperaba al dueño del salón recreativo y lo miraba mal si llegaba tarde para abrir. Con el tiempo llegué al nivel de experto en juegos como Street Fighter, Ghost and Goblins, Prisioners of War, Shadow Warriors, Break Thru, Dragon Ninja, Cobra, Out Run y Kung-Fu Master. A todos ellos les daba la vuelta, inscribiendo mis iniciales en la primera posición de la lista de los diez mejores jugadores. Gracias a Dios, nunca me dio por jugar a las tragaperras, las consecuencias hubiesen sido desastrosas.
Mi padre finalmente averiguó dos cosas; la primera que le estaba robando; la segunda en que me gastaba lo que le robaba. Tras una primera e intensa terapia de choque, me obligó a cambiar de aires y una mañana, me condujo hasta la biblioteca municipal, dónde me hicieron un carné de usuario. No es habitual encontrar lectores tan precoces, le dijo admirado el encargado a mi padre, a lo que éste respondió que tarde era, que debió encerrarme allí nada más nacer. Entonces me preguntó por mis inclinaciones y le dije que me gustaban mucho las películas de piratas, las de mosqueteros y las de aventuras en general. El bibliotecario se acercó a una de las estanterías y regresó con un buen puñado de libros. Pequeño, te presento a los señores Salgari, Dumas y Verne. Eso me dijo el vejestorio dejando caer los libros sobre la mesa. Así fue como cambié la ludopatía por la lectura compulsiva, y a partir del primer libro que leí, dejé de robarle monedas de 20 duros a mi padre para jugar a las máquinas. Entonces empecé a colarme en la librería de Pipo para leer clandestinamente libros y tebeos, cada tarde, sentado en un rincón, sin llegar nunca a pagarle una peseta y sin que él, comunista practicante, jamás me pidiese nada a cambio.
Extrañamente, en el colegio siempre fui el primero de la clase. Los sobresalientes y los notables se acumulaban en el boletín trimestral, contrastando con las pésimas observaciones del apartado de conducta y actitudes. Respeta a los compañeros en clase, a veces; trabaja correctamente en grupo, nunca; respeta el orden y la limpieza en la clase, nunca; realiza las tareas pedidas por los profesores, nunca. Mi abuelo me daba 1000 pesetas por cada sobresaliente y 500 por cada notable. En cambio, mi padre me hacía devolverle 2000 pesetas por cada “nunca” y 1000 por cada “a veces”, con lo que al final terminaba endeudado y en números rojos. Había un dicho en el pueblo por aquel entonces que decía que los hijos de profesores y policías solo podían ser 2 cosas: tontos o sinvergüenzas. Mucho me temo que yo fui de los segundos, al menos durante mi etapa de EGB, y eso que mi padre trabajaba como maestro en el mismo colegio donde yo estudiaba; a la vista está lo poco que me sirvió.
Uno de los episodios más traumáticos que recuerdo fue la tarde en que comencé a practicar pasos de baile en el salón. Durante una temporada me interesé por el break-dance y ensayaba en mitad del salón, rodeado de sillas y muebles. Trataba de realizar un molino americano cuando ocurrió. Perdí el equilibrio al tratar de girar sobre la cadera y una de las piernas alcanzó un objeto que había sobre un mueble. Al mismo tiempo yo caí estrepitosamente al suelo y sentí como algo se hacía trizas bajo mi espalda. Cuando me levanté pude ver, en un mar de astillas y velas rotas, lo que había quedado de la maqueta del Juan Sebastián el Cano, que entonces parecía el Santísima Trinidad después de la batalla de Trafalgar. Mi padre acudió rápidamente al salón atraído por el estruendo. Al ver lo sucedido abrió la puerta de casa y me ordenó que me fuera. ¿A dónde? Pregunté sorprendido. Lo más lejos que puedas, me dijo. Nunca antes había visto aquella expresión en su rostro y a pesar de la gravedad de la orden, no se me pasó por la cabeza la más mínima réplica. Bajé las escaleras y me senté en el portal a barajar mis posibilidades, a qué lugares podría ir, en qué sitios podría solicitar un trabajo y sobre todo, dónde podría dormir esa misma noche. Enseguida pensé en la casa de mis abuelos. El abuelo era una pasada, siempre me lo consentía todo. Seguro que si se lo decía me entendería, y me colocaría de vendedor de frutas en el puesto que tenía en la plaza de abastos. Después lo descarté, mi padre se opondría y me obligaría a abandonar el pueblo, tendría que mendigar como un indigente y patearme el país como un vagabundo en busca de fortuna y sustento. Si tropezaba con algún poli cabrón puede que corriera la misma suerte que John Rambo en Acorralado, estaba desvariando. Y lo peor de todo, es que me había dejado la flauta en casa, al menos con ella podría sacar unas monedas tocando el himno de la alegría en las puertas de las iglesias. Señor, ¿quiere ayudar a un pobre músico expulsado de su hogar por un padre injusto? Se me estaban empezando a saltar las lágrimas cuando mi madre llegó del supermercado y me encontró sentado en el portal. Le conté lo sucedido. Sube para arriba que yo hablaré con tu padre, me dijo. Mi madre me sirvió la cena en la cocina, donde comí solo. En la cama, apenas pude pegar ojo en toda la noche. Al día siguiente, en el salón, ya no quedaban restos del naufragio.
¿Y cuándo murió Chanquete? El carismático y campechano pescador de Verano Azul, otro episodio amargo que me hizo llorar como una magdalena. Creo que fue la primera telenovela para niños que emitió televisión española, y por aquel entonces, yo que tuve la suerte de vivir en un pueblo muy cercano a Málaga, suplicaba e imploraba a mi padre cada sábado para que me llevase a Nerja, a visitar la Dorada, la legendaria barca varada de Chanquete. Déjate de historias niño, me decía con crueldad, iremos a la playa y punto. Y efectivamente, así lo hacía, nos metía a todos en un autobús de línea que tenía como última parada una playa de Torremolinos. Tumbado sobre la arena vigilaba cada grupo de niños con bicicleta, cada chiringuito, cada barca de pedales, ilusionado en tener la fortuna de encontrarme con Piraña o Tito. Evidentemente, jamás pude verlos, y el día que enterraron a Chanquete perdí definitivamente toda esperanza. Se me hizo un nudo en la garganta cuando arrojaron el acordeón sobre el ataúd, y después de la primera pala de arena me derrumbé entre lágrimas y sollozos. Corrí al puesto de frutas que mi abuelo tenía en la plaza de abastos, esquivando los carros de la compra de las mujeres, obsesionado por la tragedia. Al verme los ojos rojos, mi abuelo me preguntó por el motivo de la tristeza. Abuelo, no te lo vas a creer, le dije, Chanquete ha muerto. Entonces sonrió y me abrazó. Me secó las lágrimas con un enorme pañuelo de tela que llevaba bordadas sus iniciales en las esquinas, y trato de explicarme lo que era un actor. Que más da lo que sea, insistía yo inconsolable, ¿no ves que ha muerto? Chanquete ha muerto, le repetía una y otra vez. Ese día no encontré consuelo, a pesar de las fresas y cerezas que mi abuelo me daba. Meses después dieron una película en televisión titulada La escopeta nacional y cual sería mi sorpresa cuando vi aparecer de nuevo a Chanquete, creí alucinar. Pero ya no era pescador, tampoco tenía un barco, y no había rastro de Julia, ni de Pancho. Ese día me sentí un poco mejor, pero seguí echando de menos a Chanquete, a mi amigo Chanquete.
En segundo de B.U.P. comencé a salir con otros amigos. Íbamos a los bares y bebíamos cerveza y cubatas, y cuando estábamos bien ebrios nos acercábamos a las chicas y les pedíamos acompañarlas hasta casa. Todas nos decían que no, y entonces volvíamos a casa cachondos y borrachos. Después de vomitar, nos acostábamos y continuábamos la fiesta en sueños, y entonces sí, nos pasábamos por la piedra a todas las que esa noche nos habían rechazado. Con una arruga de diecisiete centímetros bajo las sábanas, le hice el amor a medio instituto. Qué tiempos aquellos.
