La Coctelera

EL BLOG DE JOHN LESSONE

Crónicas, relatos, nocturnidad y alevosía

29 Julio 2008

AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS

Aún recuerdo las cosas que hacía cuando era pequeño, quiero decir lo que más me gustaba. Tenía todo el tiempo del mundo, así que dedicarle tiempo a todas aquellas cosas no era difícil, un juego de niños, nunca mejor dicho.

Recuerdo lo mucho que me gustaba jugar al balón, pero a mi manera. Siempre fui un poco fantástico a la hora de emprender cualquier actividad, y terminaba por inventar e imponer mis propias reglas. Si lo habitual era colocar un par de piedras a cada lado de la calle a modo de portería y lanzar balones a punterazos, yo prefería disponer dos niñas contra la pared y cañonearlas a balonazos. Lo pasábamos mucho mejor, ya lo creo, cuando alguna de las chicas se agarraba la nariz entre chillidos y gotas de sangre. Entonces cantaba gol y todos mis amigos corrían a abrazarme. Gol, gol , gol, gritaban, y me subían a hombros y todo. Ya por entonces era un poco cabrón, pequeño pero cabrón.

Horas más tarde sonaba el timbre en casa y cuando mi madre se disponía a abrir la puerta, ya hacía rato que andaba yo refugiado bajo la cama. Sabía perfectamente que era la madre de una de las niñas torturadas que venía a decirle a mi madre, como si ella no lo supiera, el pedazo de sinvergüenza que estaba criando. La pobre de mi madre, ruborizada hasta la planta de los pies, pedía disculpas y acariciaba los mofletes con hematomas de la pequeña, y le decía que no llorase más, que no volvería a pasar, que ya me iba a enterar yo de lo que valía un peine. Después se ponía a buscarme. Dónde estás, gritaba por toda la casa, dónde estás gamberro, hasta que finalmente me encontraba. De una oreja me llevaba hasta el sofá del salón y me ordenaba sentarme. Ahí quieto, me decía colorada por el esfuerzo, como te muevas me quito la zapatilla. Al rato volvía con un libro, el primero que pillaba de cualquier estantería de la biblioteca de mi padre. Lo abría por la primera página y me lo daba. A estudiar, y cuidado con engañarme que después te pienso preguntar, y se iba. Por aquel entonces yo odiaba todo lo que tuviese que ver con los libros, leer, estudiar, subrayar, memorizar y sobre todo escribir. Ironías de la vida.

Sin embargo, a pesar de lo mal que lo pasaba cada vez que tenía que leer, nunca encontré peor castigo que el de no ver la tele. Cuando mi padre volvía del trabajo y mi madre le contaba mis andanzas, apagaba de inmediato el televisor. Hoy te quedas sin Barrio Sésamo. Eso sin contar con el pedazo de hostia a mano abierta que me propinaba como colofón, el cual me dolía muchísimo menos que cuando me decía que durante una semana, además, me encerraría en mi habitación a la hora del Coche Fantástico. Una habitación sin tele, naturalmente. Adiós a Michael Knight. Entonces era cuando comprendía lo que era el auténtico dolor, y por primera vez, trataba de imaginarme lo que debían sentir aquellas niñas cada vez que hacían de blanco humano.

También recuerdo series como La Bola de Cristal, el único motivo por el que madrugaba los sábados en lugar de dormir a pierna suelta hasta la hora del almuerzo. Diablos, como me gustaba la Bruja Avería, y Alaska, y Gurruchaga parodiando al agente 007 cuando disparaba con su walter ppk y hacía blanco en el centro del ojo del diafragma, tiñiéndose de inmediato la pantalla de espesa sangre. Y Kiko Veneno haciendo de Frankenstein con un tornillo descomunal atravesándole la mandíbula, y Pablo Carbonell haciendo, como siempre sería habitual en él, de todo un poco. A él precisamente le debo mis primeras clases de inglés gracias a una canción titulada On the desk. La cantaba con su banda de Los Toreros Muertos. Mi sastre es rico y mi madre está en la cocina, decía la letra, and i want to fuck all the girls, y frases igual de geniales y útiles. Lo que nunca me llegué a explicar fue como la señorita de inglés del colegio, cada vez que le pedía que me tradujese algunos trozos de aquella canción, siempre me dijese que no lo sabía. Esas palabras no las conozco, me decía, será mejor que te centres en los pronombres personales y en el verbo to be. Y yo, claro, pensaba que menuda birria de profesora de inglés tenía, incapaz de traducir a Los Toreros Muertos, el mejor grupo del mundo por aquel entonces. Tampoco yo fui capaz captar el significado de tan sublime letra, los Collins de aquellos años no incluían la palabra fuck, lo que me llevó a pensar que la persona con mayor nivel de inglés, no solo ya en España y el Reino Unido sino en el mundo entero, era Pablo Carbonell.

Comenzaron a emitir Uve, los sábados por la tarde creo, y a partir del primer capítulo me enganché como un ama de casa a una telenovela. Después me bajaba al pasaje que había justo debajo de mi casa a jugar con el resto de niños. Yo siempre quería ser Donovan, el héroe que lideraba la resistencia en la Tierra. El problema era que todos querían ser Donovan, problema que solucionábamos de forma democrática, con una pelea multitudinaria donde todos ejercían su derecho al puñetazo y a la patada en los huevos. Igual que en la serie, era la guerra por hacerse con el poder. Pocos días después comenzaron a aparecer uves rojas en los buzones del correo y en las paredes de los pasillos, trazados con pintalabios y ceras plastidecor. La invasión había comenzado.

Si alguna vez hubo un precursor de los programas de bricolage doméstico, ese fue Mc Gyver. Me quedaba fascinado cada vez que salía de algún apuro valiéndose de objetos de andar por casa. ¿Cómo lo hará? ¿Será verdad que eso funciona? Y nada más terminar el capítulo iba corriendo a buscar la caja de herramientas de mi padre y trataba de poner en práctica algún truco. A parte de la ballesta que fabriqué con una tabla, una puntilla y una pinza de la ropa, nunca conseguí arreglar el motor del coche de mi padre con el envoltorio de un trident. Y con respecto al éxito que Mc Gyver cosechaba con las chicas, tampoco fui fiel reflejo suyo, y cada vez que me acercaba a alguna niña en el recreo, ésta salía huyendo mientras gritaba al resto: corred corred, que viene el de los balonazos.

Me apunté al taller de flauta del colegio sólo para aprender a tocar las melodías de mis series favoritas. Al final del trimestre teníamos que tocar una melodía, la que cada uno quisiera. Yo interpreté todo el repertorio que llevaba preparando desde el primer día: El gran héroe americano, El coche fantástico, El trueno azul, El halcón callejero, Mc Gyver, Uve, La bola de cristal, El equipo A, Curro Jiménez. En algunas de ellas hube de recurrir a escalas mayores, lo que hizo aún más espectacular mi ejecución. Cuando mi flauta expulsó la última nota, toda la clase irrumpió en aplausos y ovaciones y Don Olegario, asombrado, hubo de darme un sobresaliente. Santo Dios niño, ¿dónde aprendiste a tocar así? ¿Has estudiado solfeo? ¿Desde cuando llevas en el conservatorio? A todo contesté que no. Incluso cuando me preguntó si me gustaría interpretar el himno de Blas Infante para el Día de Andalucía. Le dije que lo sentía mucho pero que en el fondo me debía a mis estudios. Le mentí. La idea no me atrajo en absoluto. Pero después de aquello, seguí actuando en mi dormitorio, todas las tardes, con el balcón abierto, oculto tras unas cortinas, para que todo el barrio se estremeciese al escuchar aquellas notas y se preguntasen, desconcertados, quién sería el artífice de tan armoniosas melodías. Puro underground.

Por la misma época comencé a frecuentar los salones recreativos. La primera vez que jugué fue al Asteroids y el precio de la partida era de 2 duros. Conseguí mantener a salvo la nave un minuto escaso, al cabo del cual -una vez sufridos tres impactos devastadores- apareció en la pantalla un mensaje: game over, insert coin. Como nunca disponía del dinero suficiente para jugar más de dos partidas seguidas, comencé a explorar otros métodos para hacerme con el dinero. Así fue como empecé a sisarle a mi madre en las compras, a tomar prestado del monedero de mi padre y a hurgar en las cabinas telefónicas. Hubo días en que pasé hasta 8 horas jugando. Esperaba al dueño del salón recreativo y lo miraba mal si llegaba tarde para abrir. Con el tiempo llegué al nivel de experto en juegos como Street Fighter, Ghost and Goblins, Prisioners of War, Shadow Warriors, Break Thru, Dragon Ninja, Cobra, Out Run y Kung-Fu Master. A todos ellos les daba la vuelta, inscribiendo mis iniciales en la primera posición de la lista de los diez mejores jugadores. Gracias a Dios, nunca me dio por jugar a las tragaperras, las consecuencias hubiesen sido desastrosas.

Mi padre finalmente averiguó dos cosas; la primera que le estaba robando; la segunda en que me gastaba lo que le robaba. Tras una primera e intensa terapia de choque, me obligó a cambiar de aires y una mañana, me condujo hasta la biblioteca municipal, dónde me hicieron un carné de usuario. No es habitual encontrar lectores tan precoces, le dijo admirado el encargado a mi padre, a lo que éste respondió que tarde era, que debió encerrarme allí nada más nacer. Entonces me preguntó por mis inclinaciones y le dije que me gustaban mucho las películas de piratas, las de mosqueteros y las de aventuras en general. El bibliotecario se acercó a una de las estanterías y regresó con un buen puñado de libros. Pequeño, te presento a los señores Salgari, Dumas y Verne. Eso me dijo el vejestorio dejando caer los libros sobre la mesa. Así fue como cambié la ludopatía por la lectura compulsiva, y a partir del primer libro que leí, dejé de robarle monedas de 20 duros a mi padre para jugar a las máquinas. Entonces empecé a colarme en la librería de Pipo para leer clandestinamente libros y tebeos, cada tarde, sentado en un rincón, sin llegar nunca a pagarle una peseta y sin que él, comunista practicante, jamás me pidiese nada a cambio.

Extrañamente, en el colegio siempre fui el primero de la clase. Los sobresalientes y los notables se acumulaban en el boletín trimestral, contrastando con las pésimas observaciones del apartado de conducta y actitudes. Respeta a los compañeros en clase, a veces; trabaja correctamente en grupo, nunca; respeta el orden y la limpieza en la clase, nunca; realiza las tareas pedidas por los profesores, nunca. Mi abuelo me daba 1000 pesetas por cada sobresaliente y 500 por cada notable. En cambio, mi padre me hacía devolverle 2000 pesetas por cada “nunca” y 1000 por cada “a veces”, con lo que al final terminaba endeudado y en números rojos. Había un dicho en el pueblo por aquel entonces que decía que los hijos de profesores y policías solo podían ser 2 cosas: tontos o sinvergüenzas. Mucho me temo que yo fui de los segundos, al menos durante mi etapa de EGB, y eso que mi padre trabajaba como maestro en el mismo colegio donde yo estudiaba; a la vista está lo poco que me sirvió.

Uno de los episodios más traumáticos que recuerdo fue la tarde en que comencé a practicar pasos de baile en el salón. Durante una temporada me interesé por el break-dance y ensayaba en mitad del salón, rodeado de sillas y muebles. Trataba de realizar un molino americano cuando ocurrió. Perdí el equilibrio al tratar de girar sobre la cadera y una de las piernas alcanzó un objeto que había sobre un mueble. Al mismo tiempo yo caí estrepitosamente al suelo y sentí como algo se hacía trizas bajo mi espalda. Cuando me levanté pude ver, en un mar de astillas y velas rotas, lo que había quedado de la maqueta del Juan Sebastián el Cano, que entonces parecía el Santísima Trinidad después de la batalla de Trafalgar. Mi padre acudió rápidamente al salón atraído por el estruendo. Al ver lo sucedido abrió la puerta de casa y me ordenó que me fuera. ¿A dónde? Pregunté sorprendido. Lo más lejos que puedas, me dijo. Nunca antes había visto aquella expresión en su rostro y a pesar de la gravedad de la orden, no se me pasó por la cabeza la más mínima réplica. Bajé las escaleras y me senté en el portal a barajar mis posibilidades, a qué lugares podría ir, en qué sitios podría solicitar un trabajo y sobre todo, dónde podría dormir esa misma noche. Enseguida pensé en la casa de mis abuelos. El abuelo era una pasada, siempre me lo consentía todo. Seguro que si se lo decía me entendería, y me colocaría de vendedor de frutas en el puesto que tenía en la plaza de abastos. Después lo descarté, mi padre se opondría y me obligaría a abandonar el pueblo, tendría que mendigar como un indigente y patearme el país como un vagabundo en busca de fortuna y sustento. Si tropezaba con algún poli cabrón puede que corriera la misma suerte que John Rambo en Acorralado, estaba desvariando. Y lo peor de todo, es que me había dejado la flauta en casa, al menos con ella podría sacar unas monedas tocando el himno de la alegría en las puertas de las iglesias. Señor, ¿quiere ayudar a un pobre músico expulsado de su hogar por un padre injusto? Se me estaban empezando a saltar las lágrimas cuando mi madre llegó del supermercado y me encontró sentado en el portal. Le conté lo sucedido. Sube para arriba que yo hablaré con tu padre, me dijo. Mi madre me sirvió la cena en la cocina, donde comí solo. En la cama, apenas pude pegar ojo en toda la noche. Al día siguiente, en el salón, ya no quedaban restos del naufragio.

¿Y cuándo murió Chanquete? El carismático y campechano pescador de Verano Azul, otro episodio amargo que me hizo llorar como una magdalena. Creo que fue la primera telenovela para niños que emitió televisión española, y por aquel entonces, yo que tuve la suerte de vivir en un pueblo muy cercano a Málaga, suplicaba e imploraba a mi padre cada sábado para que me llevase a Nerja, a visitar la Dorada, la legendaria barca varada de Chanquete. Déjate de historias niño, me decía con crueldad, iremos a la playa y punto. Y efectivamente, así lo hacía, nos metía a todos en un autobús de línea que tenía como última parada una playa de Torremolinos. Tumbado sobre la arena vigilaba cada grupo de niños con bicicleta, cada chiringuito, cada barca de pedales, ilusionado en tener la fortuna de encontrarme con Piraña o Tito. Evidentemente, jamás pude verlos, y el día que enterraron a Chanquete perdí definitivamente toda esperanza. Se me hizo un nudo en la garganta cuando arrojaron el acordeón sobre el ataúd, y después de la primera pala de arena me derrumbé entre lágrimas y sollozos. Corrí al puesto de frutas que mi abuelo tenía en la plaza de abastos, esquivando los carros de la compra de las mujeres, obsesionado por la tragedia. Al verme los ojos rojos, mi abuelo me preguntó por el motivo de la tristeza. Abuelo, no te lo vas a creer, le dije, Chanquete ha muerto. Entonces sonrió y me abrazó. Me secó las lágrimas con un enorme pañuelo de tela que llevaba bordadas sus iniciales en las esquinas, y trato de explicarme lo que era un actor. Que más da lo que sea, insistía yo inconsolable, ¿no ves que ha muerto? Chanquete ha muerto, le repetía una y otra vez. Ese día no encontré consuelo, a pesar de las fresas y cerezas que mi abuelo me daba. Meses después dieron una película en televisión titulada La escopeta nacional y cual sería mi sorpresa cuando vi aparecer de nuevo a Chanquete, creí alucinar. Pero ya no era pescador, tampoco tenía un barco, y no había rastro de Julia, ni de Pancho. Ese día me sentí un poco mejor, pero seguí echando de menos a Chanquete, a mi amigo Chanquete.

En segundo de B.U.P. comencé a salir con otros amigos. Íbamos a los bares y bebíamos cerveza y cubatas, y cuando estábamos bien ebrios nos acercábamos a las chicas y les pedíamos acompañarlas hasta casa. Todas nos decían que no, y entonces volvíamos a casa cachondos y borrachos. Después de vomitar, nos acostábamos y continuábamos la fiesta en sueños, y entonces sí, nos pasábamos por la piedra a todas las que esa noche nos habían rechazado. Con una arruga de diecisiete centímetros bajo las sábanas, le hice el amor a medio instituto. Qué tiempos aquellos.

servido por John 3 comentarios compártelo

4 Junio 2007

HOTPOINT: EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN

Pasado el 2 de junio, los organizadores del HOTPOINT, festival de hiphop de Granada, se reparten el botín del atraco. Un golpe casi perfecto al bolsillo. Nada más entrar por la puerta uno de sus soldados te pone la pulsera. Bienvenido a Austhwiech judío. Si intentas salir fuera te dicen que está prohibido. Da igual que quieras ir a tomar un café, a descansar a tu casa o a cambiarte de ropa. Estás condenado hasta las 4 de la mañana. La próxima vez lo pensarás mejor gilipollas.

- Creo que me he olvidado el móvil en el coche, espérame aquí…
- No pierdas el tiempo Peter, estos cerdos no te dejarán salir.
- No jodas hombre.
- No, si los que te acaban de joder son ellos. Esto es una puta ratonera Will.
- ¿Sabes quién organiza esta tómbola?
- Wildpunk.

Para olvidar un poco el enfado, Peter pone rumbo a la barra y por el módico precio de dos euros y medio consigue una magnífica cerveza de grifo en vaso de plástico, sin espuma y con sabor a óxido. Cinco vasos más y se habrá bebido un litro, ¿no es cojonudo? Y sólo se habrá gastado doce euros y medio. En cambio, su col.ega Will decide empezar por un cubalitro de tinto. Le cobran seis euros. Si quitamos el volumen ocupado por los 30 hielos, tendremos medio litro. Solo nos queda ya restar los 350 centilitros de Auchán con sabor a limón. Al final nos quedan 150 cc de vino, también de grifo; el equivalente a medio vaso de plástico como el que le dieron a Peter. Entre los dos suman ya ocho euros y medio.

- ¿A qué hora decían por Internet que empezaban los conciertos?
- No los sé, cuando pinchaba en “Programación” salía “Página no encontrada”.
- ¿Y si preguntamos a alguien?
- Vale venga.

Pregunta a los de la barra, a los gorilas de la puerta, a los mercenarios del pinganillo en la oreja que custodian las vallas y a los técnicos de sonido. Nadie sabe nada. Tampoco hay carteles ni avisos por ningún sitio. Será un festival lleno de sorpresas. Después de 2 horas oyendo Cipress Hill y Mucho Muchacho, nuestros 2 intrépidos raperos se han bebido cada uno un par de cubalitros por cabeza, lo cual son 24 euros más, que sumados a los ocho y medio anteriores hacen un total de 32 euros y medio, más de 5400 de las antíguas pesetas. Son ya las diez de la noche y empiezan a tener hambre.

- ¿Qué tipo de patatas tiene señora?
- Todas llevan lo mismo – responde con acritud la sexy poligonera vendedora de patatas asadas.
- ¿Qué valen?
- Todas valen lo mismo: 4 euros – Peter duda pero el sonido de sus tripas no admite discusiones.
- Póngame dos.

Peter y Will devoran el amasijo de almidón, remolacha y mahonesa. Terminan de comer y el medio kilo de sal con que la zorra del patatal les ha envenado los dirige de nuevo a la barra, dónde adquieren otros 2 cubalitros más. Sacamos la calculadora y sumamos 8 euros de patatas y 12 euros de cerveza a la cantidad anterior, con lo que obtenemos 52, 50 euros. El tío Wildpunk empieza a frotarse las manos. Después de la actuación de los grupos de hiphop, cuyos nombres obviaremos ya que en este festival lo importante no es la música, son las 4 de la mañana. Will y Peter no han conseguido emborracharse aunque han estado ha punto. Se han gastado en total 100 euros entre los 2. Si hubiesen tenido otros 100 igual hubieran pillado el punto. Cabizbajos, se dirigen a la salida

- ¿Qué tal Will?
- Tengo frío Peter, me duelen los huesos.
- ¿Te ha sobrado algo de dinero?
- No, ni un puto céntimo.
- ¿A qué hora volvemos mañana? – Peter sonríe y escupe al suelo los últimos salivazos cerveceros del festival.
- No voy a volver Will – responde Peter mientras abre el coche con el mando a distancia.
- Yo tampoco.

servido por John 2 comentarios compártelo

12 Mayo 2007

AS TIME GOES BY

El tiempo pasa y no perdona a nadie. A mí tampoco. Ahora llegan los viernes por la noche y es el sofá el que espera a un tío con ojos desencajados y hombros caídos, con más stress encima que una docena de yuppies. Pero no crean que siempre fue así. De un par de años para atrás el que escribe las gastaba como Travolta, el puto rey del mambo, ya saben: cerrando bares, comprando churros y bebiendo agua fresca de las gomas de regar de los jardineros. En aquel entonces el sofá podía esperar. Los que no podían esperar eran los colegas a la puerta del Mercadona para hacer una de esas compras que no necesitan de carros de la compra, porque para pillar dos o tres botellas por barba ya me dirán ustedes.

Ahora los sábados por la mañana me entra la vena nostálgica y agarro el teléfono. Entonces empiezo a llamar a un montón de gente de la que cada vez me llegan menos noticias. De las pocas que me llegan, cada vez me sorprendo más porque tiene huevos que fulano se haya casado, y que mengano ya se haya divorciado (pues ya duró menos que fulano) y agarrate que vienen curvas porque sutano también está a punto de coger las de Villadiego porque en dos años, dice, te hartas hasta de las gambas y el caviar, claro que no es de extrañar ya que fulano y sutano siempre fueron cartas del mismo palo (copas para ser exactos). Pero finalmente, tras barajar algunos nombres y con el dedo a punto de marcar, a la primera a la que llamo es a mi madre, con lo que la balanza poco a poco se va equilibrando, entre las llamadas que ella me hacía cuando un servidor yacía con resaca en sitios innombrables y las que ahora yo le hago diciendole qué tal vieja, cómo va el asunto. El tiempo pasa, si.

Y los domingos con un periódico sentado al sol y con el móvil apagado pienso: la hostia, como mi viejo, si me vieran fulano y mengano. Una vez leí en un libro de García Márquez que cuando un hombre toma conciencia de que se parece a su padre es que está envejeciendo. Podría ser, pero el caso es que la pesadumbre de los domingos resacosos se convirtió en la desesperación matutina de los lunes, camino del trabajo, porque no lo olviden, que la energía nunca se destruye sino que se transforma, algo igualmente aplicable a jodiendas y alegrías.

Si alguno tuvo la tentación de pensar, eh mirenlo ahora... Serenidad amigos, serenidad, que ahora las resacas pueden aparecerse como alma en pena un miércoles por la mañana y te joden el jueves, el viernes y parte del sábado. Y si la escaramuza fue bíblica, hasta el domingo. Recuerdo cuando estaba en 1º de BUP que una profesora bastante entrada en carnes, harta ya de mis continuas travesuras y ya en el último trimestre, me dijo: que tranquilo que pareces niño y como sacas el aguijón cuando menos me lo espero. Pobre doña Juana. Supongo que los escorpiones viejos conservan su aguijón hasta la sepultura. Les invito a que se acerquen cualquier día a visitar el sofá en el que descanso tantos viernes. Igual se lo presto esa noche...así podrán reposar la mona hasta el domingo. Yo les ayudaré a buscar la excusa para la parienta, descuiden.

Por cierto, el título del artículo no es mío. Es de Sam, el negrito que tocaba el piano en Casablanca y que cantaba aquello de:

You must remember this
A kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh.
The fundamental things apply
As time goes by.

Tenía razón el cabrón: el tiempo pasa.

Tags: time, goes, by

servido por John 1 comentario compártelo

9 Septiembre 2006

DESAPARECIDO

No puedo confirmar con certeza que la de anoche fuese la del año, mucho menos la de mi vida, pero sin lugar a dudas papeletas en abundancia reunía para ser la borrachera del mes. Y no pocos días restan para el final del citado mes, así como domingos en los que despertar con garganta cazallera y renuncios traidores al vicio y el exceso, pero los méritos y habilidades fueron tantas y el misterio de mi desaparición en mitad de un bar tan singular e inédito, que he decidido recetar reposo y ayuno de vidrio al único que me muestra verdades de borracho desde el otro lado del espejo.

Las clases que oficiaba como profesor habían llegado a su término esa semana. Con frecuencia, en aquellos casos en los que el alumnado era el propicio, solía acabar muchos viernes intercambiando opiniones, ingenios y copas fuera del aula con mis discípulos, con la mesura y el tiento suficientes como para no mostrar otras habilidades y artes que poseo lejos de las pizarras y los pupitres. Pero la región dónde impartía las lecciones bien podría aparecer en un diccionario de antónimos como término aplicable a Escocia, lugar idóneo para la socialización con el alumnado, pero lejano a la realidad que nos ocupa ya que el pueblo al que me refiero es ni más ni menos que Lanjarón, villa por excelencia de aguas y manantiales. Así pues, ante las evidentes dificultades para agarrar una cogorza con líquido de grifos y fuentes, decidí arrancar el motor de mi coche, sortear curvas, desniveles y barrancos, elementos a sumar en contra de la etílica alternativa, llegando después de media hora a Granada.

Al llegar a casa recordé la llamada que días atrás había recibido de un antiguo alumno en la que me invitaba a las fiestas conmemorativas de las Capitulaciones de Santa Fé en las que, entre otros alicientes que irán surgiendo a lo largo de este relato, actuaría su propia banda de rock de la cual mi propio alumno era el cantante y otro conjunto llamado Ofunkillo. Con la misma celeridad con la que voy a trabajar cuando me levanto tarde, puse mis pies en el citado pueblo por primera vez en mi vida y localicé el lugar del evento guiado tan solo por un olfato capaz de distinguir entre la dirección de un burdel y la de un convento. Las calles cercanas a la plaza del ayuntamiento se encontraban decoradas por un amplio mercado medieval salpicado por numerosos puestos de venta ambulante en los que se exponían todo tipo de enseres, ungüentos y comidas propias de la época, todo ello en perfecta concordancia con los atuendos de los vendedores. En mi corta travesía hasta la plaza del pueblo, fui deleitándome con la perspectiva que ofrecían los generosos escotes de las taberneras del mercado, entre las pícaras miradas de unas, los gestos de rechazo de otras y el cabreo de los maridos de todas ellas, hombres rechonchos en su mayoría de los que proyectan ancha sombra con más pelo en el bigote que en la cabeza. Llegué finalmente hasta la plaza, dónde había un enorme escenario sobre el cual pude divisar a mi entrañable expupilo haciendo las primeras pruebas de sonido, con más éxito por cierto sobre las tablas que sobre el papel. Tardó poco en divisarme desde las alturas y bajó por uno de los laterales del escenario. El encuentro fue rápido y sincero, de los que no harían derramar lágrimas a plañideras. Juan hijoputa! Nos vamos a poner hoy hasta el culo! Me dijo dándome un abrazo de leñador. Carlos era un tipo rudo, bien parecido, de complexión fuerte, alto, de los que se ven venir a la legua tanto por su tamaño como por su sinceridad. Debía andar echándole tierra encima a los cuarenta y llevaba la cabeza rapada porque para tupé y flequillos largos no andaba la cosa. Un gran tipo al fin y al cabo al que sin duda me alegré de ver. Carlos me estuvo poniendo al día de sus últimas andanzas de manera breve y concisa. De este modo supe que seguía dirigiendo su granja de vacas y que se había comprado un apartamento en la playa de Almería donde llevaba a sus troncas para echar unos folleteos lejos de la mirada de sus maromos y demás curiosos, porque según él, a su edad lo único que se pescaba por allí eran casás a las que no huntan bien (entiéndase insatisfechas) y separás, que con un poco de suerte no serían ni demasiado fofas ni besuconas. Entre apuntes biográficos llegamos al bar de su compae, situado en la planta baja de un pequeño hotel dónde fue recibido como una estrella del rock por todo el mundo. Fui presentado como “el profe” y no se si fue por costumbre o por aclaraciones previas de mi alumno, que comenzaron a ponerme una copa tras otra sin tregua, ante lo cual yo, haciendo gala de mi exquisita educación comencé a beber sin reproche alguno dando las gracias tantas veces como me rellenaron el vaso. Entre todos los presentes destacaba uno al que llamaban Manué, un gitano de Santa Fé bastante dicharachero y ocurrente que se interesó sobremanera por mi vida. Lo que en principio supuse como curiosidad, supe más tarde que era precaución, ya que el señor Manué lejos de cumplir con el estereotipo del gitano de mercadillo, vendía su género en forma de bellotas envueltas en fino plástico.

Unos cuantos vasos vacíos después, volvimos tras nuestros pasos hasta llegar de nuevo a las inmediaciones del escenario, por uno de cuyos extremos entramos siguiendo un largo pasillo que desembocaba en una especie de museo de arte habilitado como camerino para la ocasión. La estancia era amplia y elegante, decorada con pinturas modernistas y homenajes a la célebre obra de Cervantes. Lo que más llamó mi atención fueron tres hermosas esculturas que respondían al nombre de azafatas y que servían hasta los límites de la lógica cualquier petición relacionada con canapés y copas. Si hubiesen corrido tiempos de circo y coliseo aquellos límites hubiesen quedado bajo la sandalia de músicos fogosos. Cayeron dos o tres vasos más de ron y metimos la zarpa en los cuencos de aperitivos, interesándonos sobremanera por el horario de finalización laboral de las zafatas las cuales ya curtidas en mil batallas similares, se limitaban a sonreir y a pasar la bandeja por nuestras narices con suma rapidez. Oye guapa, no me extraña que estés en un museo. Obra de arte con patas. Si tú pones el lienzo, yo pongo la brocha. Así la gastaba la banda de rock del buen Carlos.

Después de los pelotazos en los camerinos, comenzó el espectáculo. La banda de Carlos no defraudó y cumplió con las expectativas: ciegos como cubas, guitarras que sonaban como chicharras y una voz ronca pasada de rosca que no paraba de escupir rayos y centellas. Nadie se enteraba pero todos aplaudían, todo un éxito. A trancas y barrancas lograron bajar del escenario con ayuda de algunos municipales. Una chica grande y fornida se abalanzó sobre Carlos y comenzó a besarlo como una loca. Desaparecieron detrás del escenario y no volví a ver a mi pupilo en toda la noche. Carlos tenía suerte hasta en ese tipo de ocasiones, ya que siempre que se follaba un orangután de aquella caterva iba tan sumamente borracho que no lograba acordarse al día siguiente, evitando así el asco y la depresión.

Perdido en mitad de Santa Fe y a un par de esquinas de caerme redondo al suelo. Esa era mi situación a las 2 de la mañana. Entre en uno de los bares de la plaza y me encontré con unos viejos conocidos. Seguí bebiendo y bebiendo, riendo y manteniendo el equilibrio…

Al día siguiente sonó el móvil y desperté en mitad de un sofá. Encima de la mesa del salón estaba la cartera abierta como un cerdo en canal sin nada en sus entrañas. Decidí responder:

- Eres un gilipollas. Llevamos buscándote 7 horas.
- ¿Quién eres? – respondí aturdido.
- Soy tu madre – se escuchaban risas de fondo – y te voy a azotar. Soy yo tío! ¿Dónde te metes?
- ¿Carlos? – contesté yo mientras llenaba un vaso de agua en la cocina.
- Que Carlos ni que niño muerto, soy el Bandi. Anoche desapareciste en mitad de un pub de la Plaza de Toros después de recoger a 2 chicas que hacían autostop en mitad de la carretera, aunque no estuviste muy amable. Ya verás cuando te cuente lo que les soltaste Se asustaron y poco les faltó para tirarse en marcha… Después el camarero del pub te quería echar porque no parabas de dar voces en la barra, un show.

Me quedé un rato pensativo y dejé que un hilo de agua me resbalara por la barbilla.

- Escucha, me gustaría que me hicieras un favor – dije.
- Tú dirás.
- No cuentes nada a nadie sobre lo ocurrido, ni siquiera a mí, oficialmente la cosa termina en el bar de Santa Fe, ok? – di un largo sorbo al vaso, fui al baño y escupí como si me fuera la vida en ello.
- ¿Y eso como lo cuento? – preguntó Bandi.

Volví al salón y me dejé caer de nuevo sobre el sofá.

- Es fácil. Diles que desaparecí.

Apreté el botón rojo del móvil y me deje caer en el sofá. Traté de sumirme en el laberinto de mis recuerdos y no saqué nada en claro. No recordaba a las chicas ni al camarero, y entonces lo ví claro. Al igual que Carlos, yo también tenía el privilegio de contar con aquel tipo de suerte. La suerte de tener una memoria infame y selectiva que se queda en blanco cada vez que la cagas y tratas de recordar algo. Brindé al aire por Carlos y me quedé dormido profundamente.

Tags: desaparecido

servido por John sin comentarios compártelo

9 Septiembre 2006

COLOMBO Y SÁNCHEZ: EL CASO DEL RENAULT MEGANE

La piedra era del tamaño de una sandía y reposaba sobre la tapicería del asiento del copiloto. El cristal de la ventanilla había saltado en mil pedazos creando un brillante mosaico que inundaba todos los rincones del vehículo y parte de la acera. Algunos transeúntes curiosos se paraban a mirar y hacían gestos con la mano y con la boca, resoplaban sorprendidos pero tranquilos. Normal, el coche era mío, que es lo que suele ocurrir en este país cuando hay jodienda en casa del vecino. Seguían su camino girando de vez en cuando la cabeza hacia atrás como haciendo un esfuerzo por retener la imagen. Me acerqué y observé más pausadamente la escena, comprobando que dentro de la guantera abierta yacían el frontal de la radio y la pegatina de la iteuve. Después de todo, pensé, el señor que me ha robado los papeles ha tenido el detalle de dejarme la radio, seguramente porque nadie le iba a comprar una radio de cassette al hijo de la gran puta.

Miré por los alrededores en busca de alguna pista. Algunas veces van borrachos y lo tiran todo porque solo quieren hacer daño, me había dicho un oficial de policía el mes anterior cuando fui a denunciar el robo de un portátil. En el descampado que había junto a la acera, justo detrás del coche, pude encontrar jeringuillas, condones, colillas y latas arrugadas de cerveza. Un variado bazar para yonquis donde había de todo menos lo que yo buscaba. Volví junto al coche, marqué el 091 y me indicaron el protocolo: denuncia en comisaria, delegación de tráfico e iteuve. De aparecer por allí a investigar la escena ni soñarlo, me dijeron. Esas cosas solo ocurren en el CSI. En estas divagaciones andaba, soltando detritus anal sobre uniformes, cuando apareció por la carretera un coche patrulla. Hice un gesto con la mano y disminuyeron la velocidad hasta llegar a mi alcance. En el interior del vehículo viajaban 2 agentes, uno de ellos comiéndose un bocadillo de jamón y el que conducía con una lata de cerveza en la mano. Supongo que no les haría mucha gracia que les interrumpiese el banquete, porque el agente que asomaba por la ventanilla más cercana a mi coche no me dejó decir una palabra: mira chico, estas cosas ocurren todos los días, que vamos a hacer…Siguieron su camino a toda velocidad y adios muy buenas. Tenían prisa, pensé, pardillo de mí que intentaba abortar a 2 agentes en la difícil misión de ir a capturar a 2 peligrosos carajillos de anís en algún bar donde por supuesto no pagarían la ronda. Aflojé un poco más mi esfínter sobre coches patrullas y comisarías y decidí arreglar como fuese aquella ventanilla antes de deshidratarme del todo.

Una vez en comisaría, la investigación realizada por un suspicaz agente al examinar con detenimiento el coche comenzó a dar frutos: chaval, creo que te han roto la ventanilla con una piedra y se lo han llevado todo. Sin duda era mi día de suerte y los criminales debían estar temblando en casa. Colombo llevaría el caso. Rellené los formularios de turno y traté de ayudar a tan lúcido detective a través de las preguntas que éste me iba formulando.

-¿Vió usted algo? – arrancaba el festival de preguntas.
- No agente. Debió ser de madrugada y no vi nada – respondí con aplomo.
- ¿Cómo está tan seguro de que ocurrió de madrugada?
- Aparqué el coche a las 1 de la noche y me acosté. Me levanté a las 8 y me encontré el pastel. Intuyo que el delitó aconteció entre las 1 y las 8.
- Colombo mordió la punta del boli, me miró de soslayo y dijo muy serio: No hay que dejarse llevar por las prisas señor Morales. A veces estos casos no son tan fáciles de resolver y pueden inducir a pensar lo que no es. ¿Está seguro de que aparcó el coché a las 1 y de que la hora exacta en que descubrió el delito eran las 8?

Aquel tipo estaba apunto de aplastar mi coartada. Fui yo quien, en pleno ataque de sonambulismo, me deslicé entre las sombras, amparado en la oscuridad de la noche, hasta llegar a mi coche. Entonces ocurrió. Lancé la certera pedrada, rompí la ventanilla, abrí la guantera, cogí toda la documentación y volví a casa reptando como un marine americano. Antes de volver a la cama, me deshice de las pruebas lanzándolas por el inodoro y tirando de la cadena sin piedad. Así me vengaba de mí mismo, no se por qué cojones, la verdad, pero Colombo estaba cada vez más cerca de la verdad. Me pisaba los talones y me iba a demostrar que en la ciudad de Granada el crimen jamás queda impune.

- Quizá me levanté a las 8 y no llegué hasta la escena del crimen hasta las 8 y diez agente. Espero que mi falta de exactitud no afecte al caso.
- No olvide nunca que en caso de atrapar a los culpables, las versiones deben coincidir plenamente de lo contrario correríamos el riesgo de echar a perder el caso – exclamó al tiempo que levantaba sus cejas.
- Trataré de hacerlo agente. Dígame, ¿qué posibilidades hay de recuperar la documentación robada? – lancé por fin la ansiada pregunta.
- No quiero darle falsas esperanzas pero existe una posibilidad… – estoy salvado, pensé- una posibilidad entre 1 millón – sus muertos, volví a pensar – Pasaremos este caso al laboratorio.

Cojonudo, me dije. Por fin la esperada investigación científica y los recursos tecnológicos infalibles, azote de maleantes y mangantes, iban a hacer justicia.

- Vaya con su coche a la comisaría que hay en Plaza de los Lobos y pregunte por Sánchez. Es nuestro mejor hombre. Si consigue encontrar alguna huella en el abridor de la puerta que coincida con alguna de las miles de huellas de nuestra base de datos de detenidos fichados, conseguimos localizar más tarde al individuo, logramos arrancar una confesión al susodicho y tenemos la suerte de que la documentación no se encuentra ya en Tánger o Casablanca, puede apostar a qué recuperaremos esos papeles.

Decidí no joderle la pasión criminóloga a tan entregado servidor de la ley, y omití el detalle de que muy “probablemente”, no encontrarían nada en el abridor de la puerta ya que los delincuentes se limitaron a romper la ventanilla. Firmé mi declaración, recogí los huevos del suelo y puse rumbo a la Plaza de los Lobos.

Sánchez resultó ser un tipo rechoncho y campechano, un poco miope, con barba de tres días y manchas de aceite en la camisa. Despedía un profundo hedor a fritanga de bar y cuando hablaba te impregnaba con el inconfundible aroma de un camel sin filtro. Su poblada cabellera había sido vencida por el inexorable avance desértico de la calvicie, pero aún conservaba ese bigotito de lápiz que tanto miedo y respeto infundía a los malhechores en tiempos de Franco. Las gafas de espejos daban el acabado perfecto al mejor de los hombres del comisario Colombo.

- A ver chavalote, ¿no será otro robo en un coche?
- Pues mire sí – increíble, que poder de deducción. Aquel tipo no tenía nada que envidiar a Sam Spade. Se acercó sigilosamente al Megane y dio una honda calada al cigarrillo.
- Aquí no hay nada que hacer chico. Imposible.
- Pero…¿no va a tratar de sacar huellas? Por Dios, necesito recuperar esos papeles.

Sánchez expulsó más humo y movió negativamente la cabeza al tiempo que decía:

- Chaval, te voy a decir la verdad.
- Dígame, soy todo oídos agente – dije desesperado.
- Lo de decirle lo de las huellas a la gente es puro politiqueo. Los que te han mandado deben presentar informes y estadísticas a sus políticos, en definitiva pruebas que demuestren que siempre se hace lo posible para tener a la gente contenta. Mira, ¿ves aquella chavalilla tan mona que se está subiendo al AUDI con la ventanilla rota? Es la hija de un pez gordo, un concejal, ya sabes… Me he tenido que pasar media hora con la brochita de los cojones dándole a toda la tapicería y no ha salido nada. ¿Lo entiendes chico? Nunca sale nada, pero la gente ve demasiada televisión. Recuerdo una vez en el 98 que logramos identificar a uno que llevaba robando radios 4 años. El muy cabrón se había quedado dormido dentro del coche con el frontal extraíble sobre el pecho, después de haberse fumado 10 metros de papel albal. Para dejar huellas en un coche se debe tocar a conciencia alguna parte lisa y consistente, no vale la tapicería, ni el volante, sólo superficies lisas, ni siquiera la piedra con que te han destrozado la ventanilla. ¿Comprendes? No hay posibilidades chico, así que lo mejor será que llames al seguro y lo lleves lo antes posible a un taller para que le pongan una ventanilla nueva. A estas alturas tu documentación estará en manos de algún moro o algún negro con un coche como el tuyo, en Canarias o en Merzouga. Estamos en un país de mierda y esta vez te ha tocado a ti que te salpique. Lo siento mucho. Hasta pronto chico.

Sánchez era un poli alcohólico y fumeta, calvo como Kojak, gordo como Bud Spencer y feo como el Teniente Castillo. No se parecía ni a Bruce Willis ni a Nick Nolte, pero había sido el único en toda la mañana que había tenido agallas para contarme la verdad. Y la puta verdad era que nunca encontrarían nada, qué estaba empezando a ponerme pesadito con el rollo de las huellas y que lo mejor que podía hacer era irme a casa.

Antes de marcharse, Sánchez me estrechó la mano y esbozó una sonrisa al tiempo que decía: Chico, intenta colarle al del seguro la puerta rayada, colará porque a veces tratan de forzar la cerradura con alambres y destornilladores. Sánchez se alejó a paso rápido y desapareció por el único sitio por dónde desaparecen todos los problemas de un hombre: la puerta de un bar.

Tags: megane, renault

servido por John 3 comentarios compártelo

28 Agosto 2006

MANUAL DE HOMBRES

“Manual del hombre: instrucciones para comprenderlos” ocupaba un lugar destacado en la estantería de Celia. Era un tomo bastante grueso con una enorme interrogación en la portada y varias fotografías de hombres con los ojos tapados con un rectángulo negro. En el índice te podías encontrar capítulos como: qué le gusta más a tu chico, cómo comportarte la primera vez, por qué nunca quieren acompañarte cuando vas de compras y cómo saber que hizo anoche. Para echarse a temblar, me dije. Cómo todas las tías se lean novelas de esta caterva estamos acabados. Los trucos del mago al descubierto, no habrá nada que hacer, por los guevos te tienen cogido ligón de playa. Miles de donjuanes en la cola del paro y más fichados que el Lute.

Me fijé en el nombre que rezaba como autor de la obra y se confirmaron mis sospechas. No había autor sino autora, una señora que durante años se había dedicado a analizar minuciosamente la maquinaria y engranajes del sexo fuerte para orientar y dar respuesta a miles de chicas agobiadas por dudas de las que no dejan pegar ojo. Abriendo una página al azar, comencé a leer el capítulo de “por qué te piden el número de teléfono y luego no te llaman”. En el primer párrafo la autora me puso en antecedentes: chico conoce a chica, chico besa a chica y la acompaña a su casa en coche en un viaje de ensueño de los que tú ya quisieras. Todo ello aderezado por términos y expresiones como “Alfonso era muy romántico”, “cuando la besó Marta vió chirivitas” y “fue una noche dónde la ilusión y la pasión comenzaban a engendrar el amor”. Busqué un pañuelo para secarme las lágrimas, porque después los dos primeros minutos de lectura me dio el ataque de risa. Nada de “Alfonsito le sopló tres o cuatro copas para ponerla a tono”, “le metió la lengua hasta el esófago en cuanto Martita bajó la guardia” y “se fueron con el coche a un mirador y reventaron los amortiguadores al segundo polvo”. De eso nada, que estos chicos tienen clase y no son unos visigodos sexuales como tú y yo que estamos condenados a pensar con la de abajo.

En el segundo párrafo la autora de la obra decide joderle la historia a la pobre Marta, porque Alfonso no la llama ni para decir esta boca es mía. Entonces hemos de suponer que Marta en la vida real se metería en su habitación con un par de cajas de pañuelos de papel porque el amor de su vida pasa de ella como el Pisuerga pasa por Burgos, y ni siquiera se pararía a pensar en Carlos el del gimnasio o Miguel el del taller de motos porque la chavala es de piñón fijo y hoy en día eso de liarse con uno y con otro válgame Dios que es pecado. Pero la autora como buena celestina decide echar un cable a Marta, ya que ella de estas cosas sabe más que doce abuelas. Lo de que el chaval ya no se acuerda de ella probablemente no sea la opción correcta porque todo parece indicar, según el primer párrafo que la cosa va en serio. Ya ves, la cita, el beso y el viaje de vuelta a casa. Boda segura.

La opción de que al chaval le importa un bledo la chica no hay que descartarla pero tampoco agarrarse a ella como a un clavo ardiendo porque sino la lectora del libro se va a pillar un cabreo de agarrate que vienen curvas y no va a recomendar el libro a su vecina la del quinto, con lo cual las novelas de la autora no se iban a vender igual y no sacaría dinero suficiente para publicar el “Manual del hombre: manual para joderlos”. Alfonso tiene miedo y teme que su amor sea rechazado por lo que decide esperar a ver si es ella la que llama. Esa es otra de las opciones más cabales que nos plantea la autora, con toda la lógica del mundo, si señor. Porque mientras Alfonso dormía a pierna suelta con la cuba de tender la ropa a mano por si hay aborto etílico, ha ido creciendo en su interior el noble sentimiento del amor y al día siguiente el chaval tiene sus dudas. A quién no le ha pasado.

Diez páginas más tarde, después de catorce o quince posibles causas más por las que el cabrón de Alfonso no llama a la dolorida Marta cerré el libro y me puse un gin-tonic. Con publicaciones de esta calaña uno se explica muchas cosas y también se deja de explicar otras tantas. Puestos a hablar sin pelos en la lengua, se trata de vender. De venderle la moto a las niñas y no tan niñas que siguen pensando en príncipes azules pero que aquí tonto el último, y mientras llega o no las princesas en palacio y todos a disfrutar la vida. Carpe diem y buen rollito, como debe ser.

En ningún momento y en ninguna línea la autora menciona opciones más acordes con la realidad de por qué carajo Alfonso no le manda un puto mensaje a Marta. Porque el tío pasa como de aquí a Roma, porque al día siguiente tiene una resaca de cosaco y no sabe ni dónde está, así que tranquila Marta que igual al segundo día te pega el toque. Deja al chaval que se recupere y no me seas agonías que ya verás como te vuelve a pegar un buena sacudida en el Focus. O puede que Alfonso pillara anoche la tajada del siglo y su colega el que bebe como una persona normal le dijera hoy “Alfonso colega, eres el tío más valiente del globo. Te liaste ayer con Rosi de Palma” y haya decidido que a otro perro con ese hueso. O puede que Alfonso esté al día siguiente con su novia paseando cuernos por cafeterías, pensando cada vez que ésta pasa por una puerta “cuidado que te vas a dar”, lejos del lugar de la cita con Marta. O que diablos, puede que Alfonso y Marta hayan echado su canita al aire esa noche y adios muy buenas, encantado de conocerte, ya nos volveremos a ver, aquí llevas el móvil por si acaso y tan amigos. Pero la autora en lugar de poner la verdad en pelota picada, hace lo contrario y le pone más maquillaje en lo alto que a una fea en fin de año.

Así, después de leerse el capítulo la lectora se queda más contenta y acaba opinando que ella va a tener más suerte que Martita porque ya sabe algo que la otra no sabía. Que sí, que Alfonso te va a llamar colega, ya lo verás. Estúpida manía en este país la de tomar por imbéciles al personal y venderles la moto. Lo triste es que este tipo de motos se venden y muy bien por cierto. Eso es lo que te jode y dices: bueno, la verdad está ahí fuera y lo contrario se hace hueco en la estantería de chicas como Celia, que encima es licenciada en psicología y hace un par de años que puso el tres y el dos encima de la tarta. Siéntate que te mareas.

Dejé el Manual de hombres en su mismo sitio y entonces Celia me hizo la pregunta que tú y yo nos temíamos. ¿Qué te ha parecido? Di un largo sorbo al gin-tonic y solté el vaso sobre la mesa. Tomé a Celia por la cintura y la besé. Cojonudo, dije finalmente. Tengo que irme, mañana trabajo temprano. Celia me miro placidamente. Bueno, ya sabes donde vivo y mi número de móvil. Abrí la puerta y le dije adios con la mano. Venga tía, te llamaré. Y tan amigos oye.

servido por John 4 comentarios compártelo

28 Agosto 2006

SI ALGÚN DÍA CRECES

Risas, carcajadas, cachondeo, guasa, chistes, chascarrillos, rumbas, ingenios y copas. Llevábamos así unas cuatro horas y las chicas seguían descojonándose entre cañas y vinos. El camarero iba y venía más veces que un taxista en Barajas y en la mesa no cabía un alfiler. No era de extrañar si se tenía en cuenta el calibre que gastaban tan curtidas gargantas en asuntos de catarata etílica. Vaso lleno en mesa, sorbo rápido, vaso medio de vuelta a la mesa, sorbo rápido y “rellena camarero”; como la seda. Aquello funcionaba y las chicas expectantes. ¿La próxima gracia? ¿El siguiente asno en rebuznar humor por la boca? Al azar, siempre fuimos uno para todas y todas para uno a la hora de socializar. Sin rencores, sin malos rollos y sin miradas por el rabillo del ojo. Los celos para los machos con exceso de testosterona, el recelo para los machos con exceso de desconfianza y el hielo para los vasos de tubo de los que siempre creyeron en la libertad del que regía venas y arterias.

No era la primera vez que lo comentábamos, ni la primera vez en que recibíamos críticas, aplausos, miradas de desprecio y complicidad. A saber tú que eres de tu padre y esa que es de su madre. El caso es que a la hora de elegir bar, alzar vaso dirección al techo con parada a la altura de la frente, bajar por la avenida paralela al pecho y chocar frontalmente en el epicentro de aquel círculo de bebedores y bebedoras, las gotas coincidían. Caían al suelo como diciendo algo así como que hijosdeputa que estáis hechos y benditas las que no os conocen y regalan su tiempo. Nunca os fiéis de los hombres tenía el efecto de niño no te juntes con ese. Tan sencillo como suena. El imán del peligro volvía a ponernos una y otra vez en contacto con el polo opuesto a nuestro magnetismo natural. Chicas deseosas de pasarse al bando de los malos y malos a los que en más de una ocasión les hubiera gustado ser de los buenos pero que por falta de ganas o de tiempo dijeron este es mi bando y aquí mis cojones hasta nueva orden.

Laura miraba a Maik. Maik miraba a Sheila. Sheila a Johny. Johny a Sara. Cuestión de ponerse de acuerdo, y sin acuerdo guerra, amor y fuego abierto. Al final a mi me gustó Sara, y a Sara le gusté yo. Me fui con Sara y Sara se vino conmigo. ¿Conoces mi habitación? Pues no te preocupes porque con un poco de suerte y dos copas de menos mañana la recordarás. Este es el pasillo, aquí está la cocina, el baño a la izquierda, el siguiente es el aseo, esto tan grande es, ehhhh no te equivoques pillina, que es el salón. Y esta maravilla es mi habitación. Es grande la terraza, verdad? Y a la cama, que para perder el tiempo con cafés y películas en cines pocos rivales. Supongo que estás a gusto, yo también. Te molo y tú me molas. Ropa fuera y arriba el telón y tu ropa interior.

Estuvimos haciendo el amor durante largas horas. Dos minutos como mucho predijo ella y la realidad venció y cargó con apuestas a mi favor. Atrás viejas leyendas y mitos del pleistoceno y en primera línea de fuego quedaron lo que tocaba, que no era ni más ni menos que aguantar granizada de sudor y gemidos.

Risas, carcajadas, cachondeo, guasa, chistes, chascarrillos, rumbas, ingenios y copas. Nos besamos como salvajes, abrazados como padre e hija. Ardor, sudor y termómetros rotos quedaron inservibles bajo el hielo de su última frase: si algún día creces comprenderás a una mujer.

El despertador me dijo que eran las ocho y que ya iba siendo la hora de tostadas con tomate y de chica de vuelta a su casa. En lo primero coincidimos y en lo segundo el sufragio dictó golpe de estado femenino. Súbete que te llevo y mañana dios dirá, que nadie como él para repartir naipes y suertes. Besos en la boca y promesas. Como tú y yo. Como antes y ahora. Como siempre será. Porque el hombre promete y promete hasta que un día crece y ya no las mete.

servido por John sin comentarios compártelo

28 Agosto 2006

LES HA TOCADO

Esta es la historia de Paco, protagonista de una vida que de ser llevada al cine, valiente o ciego el que aguantase más de cinco minutos en la butaca. Permítame el lector una oportunidad para mí y para Paco. Pasemos al cortometraje en papel y leamos el guión de aquella -supuesta- película que nadie hubiese llegado a imaginar, incluido Paco. Hay veces -contadas con los dedos de una mano- en que los grandes finales logran el perdón de los inicios mediocres.

Paco llevaba diez años sin trabajo, rascándose las bolas y las axilas y dando forma cóncava a los cojines del sofá. Cobraba el paro y Amparo -su mujer- lo administraba con mano de hierro. Tuvo que renunciar el vago de Paco a cafés, copas y puros en la tasca de la esquina porque Alfredo, dueño del antro, había colgado en la pared, junto al póster autografiado de un campeón local de boxeo, un letrero para ciegos: hoy no se fía, mañana tampoco. En cambio Amparo sostenía alegremente sus caprichos de vedette: peluquería, rayos uva y esteticién. Porque ya bastante tenían con un dejado de la mano de Dios en la familia, decía Amparo, cada vez que surgía una discusión sobre el reparto de gastos domésticos.

Paco había sido uno de los mejores agentes comerciales de una importante compañía de seguros. Lo fue hasta el día en que Amparo lo asesoró de manera nefasta para montarse por su cuenta. Que tú vales más, que mira el marido de fulanita la de billetes que gana y la de joyas y vestidos de fulanita, que hay que ver que vas a ser un desgraciado toda tu vida, que mi coño lo vale. No se equivocaba en esto último, porque despues de que Antonio invirtiera sus ahorros en la gallina de los huevos de oro, empezaron a escasear los garbanzos en el caldo. Se saltaban algún que otro almuerzo, más por mantener la cartera que la línea. Y es que Amparo no tenía las piernas, ni los pechos ni la cara de la secretaria de la antigua compañía de Paco. Ni el garaje de veinte metros cuadrados tenía las salas de reuniones y espacios verdes de un edificio de cincuenta plantas, como el de la compañía de seguros en que Paco estuvo a punto de ser ascendido.

Paco cambió el agua mineral por el DYC, las barritas de regaliz por paquetes de ducados, y la bici estática por cojines. Sembró un enorme bosque de colillas en el ficus de la mesita de pino, empezó a coleccionar manchas de aceite en la camiseta, y consiguió regular su flora intestinal para cagarse en Dios todos los días y a la misma hora.

Un buen día, quizá el mejor de su vida, cuando la manecilla del gas parecía que le iba a regalar ese crucero impagable de ida al paraíso, llegó su mujer gritando como una mala bestia y le dijo que el cupón coincidía, que había dinero para pagar los estudios de los niños, la operación de rinoplastia para aquel pestiño que llevaba por nariz y la operación de cataratas de su abuela. El traje de los domingos, roído por chinches y polillas, iba a tener justo sustituto en la misma sastrería dónde iba el notario, marido de fulanita. Paco escuchaba con los ojos inyectados en sangre el discurso de Amparo. Mientras tanto, el gas seguía fluyendo silenciosamente de los quemadores oxidados del hornillo. Miró con ojos de imán el cupón arrugado que Amparo sostenía en la mano y no sintió nada, excepto una ligera mezcla de asco, odio y presión. No hubo abrazos ni besos, ni lágrimas, porque Paco llevaba meses pensando en abrazos por el cuello de los que cortan la respiración. Tenía, nuevamente, la oportunidad de pasar de cien a cero. Les había tocado el cupón.

La explosión se dejó sentir en medio pueblo. Era como si hubiesen arrojado una bomba en el bloque. De la mujer encontraron un par de rulos, de la suegra la empuñadura de plata del bastón.
Algunos vecinos aseguran que Paco corría calle abajo, sin mirar atrás, como alma que lleva el diablo, con el cupón entre los dientes. Blandía una caja de cerillas en el aire y gritaba. Les ha tocado. Les ha tocado. Eso gritaba.

servido por John sin comentarios compártelo


Sobre mí

Avatar de John

EL BLOG DE JOHN LESSONE

Granada, España
ver perfil »
contacto »

Nombre: John Lessone Edad: 30 y pico. Profesión: NS/NC. Aficiones: leer, dibujar, oir musica, escribir, beber cervezas, viajar, firmar autógrafos a mis padres. Lo que más odias: El estúpido, el manipulador, el mentiroso, el fanático, el modernillo, el que se lleva bien con todos, el que nunca se paga una ronda ¿Y este blog? Planeta y Alfaguara tienen la culpa. Una cita: No rompas el silencio si no es para mejorarlo¿Algo más antes de despedirte? Atrapado en el tiempo de Bill Murray, Preguntale al polvo de John Fante, y un Oban 14 de Escocia/font>

Fotos

John Lessone todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?