LIZA Y EL ESCUADRÓN DEL 1ºC
Liza era un auténtico hijo de puta. No era esa clase de tipo del que pudieras decir "bueno, a veces es un poco cabrón, pero en el fondo es un buen tipo". Y un cojón. Desde que se levantaba hasta que se acostaba LIZA era un auténtico investigador del alma humana, un auténtico sabueso de la debilidad del carácter que seguía la pista a los que bajan la guardia para clavársela hasta el intestino. Menudo hijo de puta era Liza, de los que no cogen vacaciones, un cabrón al que no le importaba hacer horas extras, sin horarios fijos, un hijo de puta que nunca colgaba uno de esos carteles en la puerta que decían "Vuelvo en diez minutos". Liza te escaneaba la conciencia con aquellos ojos diminutos azulados que se clavaban en tu piel como grapas, no era difícil darse cuenta. ¿Cuantas personas has conocido que en los diez primeros minutos rompan protocolos preocupándose por la salud de hermanas, madres y abuelas? El motor de Liza no se ponía en marcha con altruismo y solidaridad, su gasolina no se medía en octanos sino en pelos de coño y en litros de alcohol, cuantos más mejor. Su visión binaria del mundo solo le permitía distinguir entre gente jodida y gente que jode. Liza era de los segundos, el primero de los segundos. Hubo amores en su vida de dos clases: baratos y caros. Los amores baratos carecían de recargos e intereses, tenían fecha de caducidad y olían a cañería oxidada. En cambio, los amores más caros supieron atraerlo con grandes letreros donde el neón de la pasión caía en forma de catarata sobre palabras como: gratis, sincero, longevo. Liza meaba en callejones traseros a la salud de aquellos amores que resultaron ser los más caros, falsos y cortos de su vida. No era un frustrado porque nunca tuvo esperanzas y tampoco fue un soñador porque las pesadillas siempre se hicieron un hueco entre sus sábanas.
La mayor colección de revistas porno de los ochenta, las mejores cogorzas de tequila del instituto y los peores boletines de notas crecieron a su lado,
engrandecieron su sombra y le abrieron las puertas del despacho de directores y de coches patrulla. Entre vómitos, mareos y sollozos de madres y novias, pero siempre con una sonrisa de gañán simpático, Liza se abría paso y siempre llegaba a celebrar su próximo cumpleaños. Los tipos grandes mueren de cirrosis y de muerte natural los pringaos. Eso decía Liza cada vez que tenía que vender fruta en supermercados o enciclopedias en Sevilla. Charles Bukowski hubiese sido tu padre biológico y juntos hubieseis eyaculado en mitad del Corte Inglés, en la sección de best-sellers donde José María Aznar firmaba esas novelas baratas tan caras. Liza nos contagiaba de su magnifica enfermedad. Nos animaba a cagar allá donde siempre habíamos comido, y nos incitaba a buscar sustento para la materia gris allá donde siempre nos dijeron que solo mierda encontraríamos.
Era el caballo de Troya que nos esperaba sentado en el sofá al lado de papá y mamá, dialogando con ellos con precaución, midiendo cada una de sus palabras, tomándole el pulso al tema de conversación, mientras nosotros terminábamos de atar los cordones de las zapatillas y echábamos el ultimo vistazo al espejo del baño. Diez minutos después Liza gritaba al camarero y éste nos servía la segunda ronda. No había necesidad de contar las rondas porque las cuentas que Liza rendía a la vida las hacía sin lápiz ni papel, con el culo al aire y con los cojones colgando y con aquella mirada ebria que parecía decir "No te debo una mierda".
Era el lobo con piel de cordero que descarriaba con suma vocación a las ovejas más dóciles del rebaño para enseñarles que, debajo de la lana también tenían un coño esperándolo a él. Tu madre no tiene ni puñetera idea nena. Ella te quiere para unas cosas y yo para otras. Amar es bonito mientras se folla y follar es lo mejor que nos queda después de haber amado. Liza nos enseñaba aquellos condones usados que terminaban en un nudo apretado y nos decía: creed en el amor porque yo lo he visto. Y visto lo visto, todo el mundo a pegarle al amor, así por las buenas, a las bravas. De esta manera Bernardo tocó su primera teta, a Antonio lo pilló su abuela dándole a la manivela sobre una revista alemana y Mauricio empezó a levantarse todos los viernes a la una de la madrugada para ver películas con el volumen quitado. En casa, los rollos de papel higiénico empezaron a gastarse más deprisa que de costumbre, nadie sospechaba y todos éramos felices con nuestras experiencias de amor, algunos en solitario y otros en compañía. La semilla de Liza germinó rápidamente, creció con fuerza y se expandió por medio instituto. Las taquillas del gimnasio empezaron a llenarse de revistas extranjeras, y hasta el más torpe de la clase acabó aprendiendo idiomas.
Con unos cuerpos hechos para el placer y unas mentes que no entendían de obligaciones, fuimos creciendo y el instituto quedó atrás, lleno de recuerdos imborrables que pocas generaciones venideras podrían imaginar.
Plasmamos nuestra filosofía en los depósitos de las cisternas y estampamos nuestras firmas en la madera de las puertezuelas de los retretes. Las noticias del instituto corrían sobre los azulejos, ese era nuestra prensa. Así nos enteramos de que “El Chino y el Careto fuman porros”, que “La profesora de inglés es una puta. Firmado: Manu”, “Sergio quiere a Bea”, “Mea tranquilo, mea contento, pero hijoputa mea dentro” y un sinfín más de noticias interesantes que se iban actualizando casi a diario. A menudo pasábamos más tiempo detrás del campo de fútbol que dentro del aula, escuchando atónitos y expectantes las últimas aventuras que Liza nos relataba. Una que sin duda jamás olvidaré fue su historia de amor con la Beibi, una chica precoz y marrana que con once años practicaba sexo con nuestro amigo justo al lado de la habitación dónde su madre planchaba por las tardes. Liza era un temerario adicto al peligro, al alcohol y a las chicas jóvenes. Dejaba la mesura para todo aquello que no le gustaba y al saco de la pasión y el vicio iba a parar todo lo que probaba y le gustaba. El camino del exceso es el más placentero y todos los que dicen lo contrario os mienten porque están en ese camino y quieren todo lo bueno para ellos. Eso nos decía mientras alzaba un vaso de chupito y lo descargaba en aquel pozo sin fondo que calzaba por garganta.
Pero los años pasaron fin de semana tras fin de semana, chica tras chica y exceso tras exceso. Tocaba ir a la universidad para hacernos hombres de provecho, según la charla que nos dió un catedrático en el salón de actos del instituto días antes de los exámenes de selectividad. El verano del noventa y cuatro fue el último y el más salvaje de los veranos que pasamos todos juntos. En el mes de agosto teníamos la garganta y el esófago corroídos por el ácido de la bilis y Liza volvía a casa montado en bicicletas que la gente tiraba de madrugada a los cubos de basura. Miradme, soy el puto Pancho de Verano Azul. Y se alejaba haciendo eses por la calle y silbando aquella alegre melodía de los tiempos de Chanquete, mientras los demás vitoreábamos a pleno pulmón sus proezas de borracho.
Llegó septiembre y el camino del exceso se bifurcó en diferentes direcciones. Cada uno tomó el que le pareció más oportuno. Los más prácticos eligieron las carreras más fáciles por aquello de terminar pronto. Los más soñadores eligieron las carreras que siempre habían idealizado como antesalas del trabajo de sus vidas. Y los más viciosos elegimos la primera carrera donde fuimos admitidos porque lo importante no era la carrera, sino estar lejos del pueblo y vivir unos cuantos años a cuerpo rey, financiados por las horas extras de los padres, estafando con fotocopias que nunca existieron las ajustadas asignaciones semanales y permaneciendo hasta dos o tres semanas seguidas en la capital sin volver por casa merced a unos difícil exámenes que se avecinaban y que al final siempre terminaban por convertirse en fiestas de estudiantes y peroles en colegios mayores. La dolce vita. Bernardo, Nico, Chechu, Madrigal, David, Sabán, Toni, Mauricio, Pérez, Liza… Les deseo la mayor de las suertes en la vida a los más distinguidos hijos de puta del Instituto, la sempiterna respuesta a la pregunta que más se repitió en el despacho del director a lo largo del curso. ¿Quiénes han sido? Señor, otra vez…los del 1ºC.

Nito dijo
Creo que sabes que soy el encargado de mantener y actualizar el blog de Liza, de modo que, tras leer este tremendo relato que me ha permitido saber algo más sobre vuestros años de instituto (soy un par de años más joven que vosotros y no lo vivimos juntos), me he permitido agregar un enlace a él desde el 'Sobre mi' de su blog.
He aquí las celebérrimas hazañas de nuestro común amigo, bajo la mirada cercana de un correligionario contemporáneo y reflejadas mediante la sólida prosa que se lee sobre tu firma.
30 Agosto 2006 | 01:43 AM