La piedra era del tamaño de una sandía y reposaba sobre la tapicería del asiento del copiloto. El cristal de la ventanilla había saltado en mil pedazos creando un brillante mosaico que inundaba todos los rincones del vehículo y parte de la acera. Algunos transeúntes curiosos se paraban a mirar y hacían gestos con la mano y con la boca, resoplaban sorprendidos pero tranquilos. Normal, el coche era mío, que es lo que suele ocurrir en este país cuando hay jodienda en casa del vecino. Seguían su camino girando de vez en cuando la cabeza hacia atrás como haciendo un esfuerzo por retener la imagen. Me acerqué y observé más pausadamente la escena, comprobando que dentro de la guantera abierta yacían el frontal de la radio y la pegatina de la iteuve. Después de todo, pensé, el señor que me ha robado los papeles ha tenido el detalle de dejarme la radio, seguramente porque nadie le iba a comprar una radio de cassette al hijo de la gran puta.

Miré por los alrededores en busca de alguna pista. Algunas veces van borrachos y lo tiran todo porque solo quieren hacer daño, me había dicho un oficial de policía el mes anterior cuando fui a denunciar el robo de un portátil. En el descampado que había junto a la acera, justo detrás del coche, pude encontrar jeringuillas, condones, colillas y latas arrugadas de cerveza. Un variado bazar para yonquis donde había de todo menos lo que yo buscaba. Volví junto al coche, marqué el 091 y me indicaron el protocolo: denuncia en comisaria, delegación de tráfico e iteuve. De aparecer por allí a investigar la escena ni soñarlo, me dijeron. Esas cosas solo ocurren en el CSI. En estas divagaciones andaba, soltando detritus anal sobre uniformes, cuando apareció por la carretera un coche patrulla. Hice un gesto con la mano y disminuyeron la velocidad hasta llegar a mi alcance. En el interior del vehículo viajaban 2 agentes, uno de ellos comiéndose un bocadillo de jamón y el que conducía con una lata de cerveza en la mano. Supongo que no les haría mucha gracia que les interrumpiese el banquete, porque el agente que asomaba por la ventanilla más cercana a mi coche no me dejó decir una palabra: mira chico, estas cosas ocurren todos los días, que vamos a hacer…Siguieron su camino a toda velocidad y adios muy buenas. Tenían prisa, pensé, pardillo de mí que intentaba abortar a 2 agentes en la difícil misión de ir a capturar a 2 peligrosos carajillos de anís en algún bar donde por supuesto no pagarían la ronda. Aflojé un poco más mi esfínter sobre coches patrullas y comisarías y decidí arreglar como fuese aquella ventanilla antes de deshidratarme del todo.

Una vez en comisaría, la investigación realizada por un suspicaz agente al examinar con detenimiento el coche comenzó a dar frutos: chaval, creo que te han roto la ventanilla con una piedra y se lo han llevado todo. Sin duda era mi día de suerte y los criminales debían estar temblando en casa. Colombo llevaría el caso. Rellené los formularios de turno y traté de ayudar a tan lúcido detective a través de las preguntas que éste me iba formulando.

-¿Vió usted algo? – arrancaba el festival de preguntas.
- No agente. Debió ser de madrugada y no vi nada – respondí con aplomo.
- ¿Cómo está tan seguro de que ocurrió de madrugada?
- Aparqué el coche a las 1 de la noche y me acosté. Me levanté a las 8 y me encontré el pastel. Intuyo que el delitó aconteció entre las 1 y las 8.
- Colombo mordió la punta del boli, me miró de soslayo y dijo muy serio: No hay que dejarse llevar por las prisas señor Morales. A veces estos casos no son tan fáciles de resolver y pueden inducir a pensar lo que no es. ¿Está seguro de que aparcó el coché a las 1 y de que la hora exacta en que descubrió el delito eran las 8?

Aquel tipo estaba apunto de aplastar mi coartada. Fui yo quien, en pleno ataque de sonambulismo, me deslicé entre las sombras, amparado en la oscuridad de la noche, hasta llegar a mi coche. Entonces ocurrió. Lancé la certera pedrada, rompí la ventanilla, abrí la guantera, cogí toda la documentación y volví a casa reptando como un marine americano. Antes de volver a la cama, me deshice de las pruebas lanzándolas por el inodoro y tirando de la cadena sin piedad. Así me vengaba de mí mismo, no se por qué cojones, la verdad, pero Colombo estaba cada vez más cerca de la verdad. Me pisaba los talones y me iba a demostrar que en la ciudad de Granada el crimen jamás queda impune.

- Quizá me levanté a las 8 y no llegué hasta la escena del crimen hasta las 8 y diez agente. Espero que mi falta de exactitud no afecte al caso.
- No olvide nunca que en caso de atrapar a los culpables, las versiones deben coincidir plenamente de lo contrario correríamos el riesgo de echar a perder el caso – exclamó al tiempo que levantaba sus cejas.
- Trataré de hacerlo agente. Dígame, ¿qué posibilidades hay de recuperar la documentación robada? – lancé por fin la ansiada pregunta.
- No quiero darle falsas esperanzas pero existe una posibilidad… – estoy salvado, pensé- una posibilidad entre 1 millón – sus muertos, volví a pensar – Pasaremos este caso al laboratorio.

Cojonudo, me dije. Por fin la esperada investigación científica y los recursos tecnológicos infalibles, azote de maleantes y mangantes, iban a hacer justicia.

- Vaya con su coche a la comisaría que hay en Plaza de los Lobos y pregunte por Sánchez. Es nuestro mejor hombre. Si consigue encontrar alguna huella en el abridor de la puerta que coincida con alguna de las miles de huellas de nuestra base de datos de detenidos fichados, conseguimos localizar más tarde al individuo, logramos arrancar una confesión al susodicho y tenemos la suerte de que la documentación no se encuentra ya en Tánger o Casablanca, puede apostar a qué recuperaremos esos papeles.

Decidí no joderle la pasión criminóloga a tan entregado servidor de la ley, y omití el detalle de que muy “probablemente”, no encontrarían nada en el abridor de la puerta ya que los delincuentes se limitaron a romper la ventanilla. Firmé mi declaración, recogí los huevos del suelo y puse rumbo a la Plaza de los Lobos.

Sánchez resultó ser un tipo rechoncho y campechano, un poco miope, con barba de tres días y manchas de aceite en la camisa. Despedía un profundo hedor a fritanga de bar y cuando hablaba te impregnaba con el inconfundible aroma de un camel sin filtro. Su poblada cabellera había sido vencida por el inexorable avance desértico de la calvicie, pero aún conservaba ese bigotito de lápiz que tanto miedo y respeto infundía a los malhechores en tiempos de Franco. Las gafas de espejos daban el acabado perfecto al mejor de los hombres del comisario Colombo.

- A ver chavalote, ¿no será otro robo en un coche?
- Pues mire sí – increíble, que poder de deducción. Aquel tipo no tenía nada que envidiar a Sam Spade. Se acercó sigilosamente al Megane y dio una honda calada al cigarrillo.
- Aquí no hay nada que hacer chico. Imposible.
- Pero…¿no va a tratar de sacar huellas? Por Dios, necesito recuperar esos papeles.

Sánchez expulsó más humo y movió negativamente la cabeza al tiempo que decía:

- Chaval, te voy a decir la verdad.
- Dígame, soy todo oídos agente – dije desesperado.
- Lo de decirle lo de las huellas a la gente es puro politiqueo. Los que te han mandado deben presentar informes y estadísticas a sus políticos, en definitiva pruebas que demuestren que siempre se hace lo posible para tener a la gente contenta. Mira, ¿ves aquella chavalilla tan mona que se está subiendo al AUDI con la ventanilla rota? Es la hija de un pez gordo, un concejal, ya sabes… Me he tenido que pasar media hora con la brochita de los cojones dándole a toda la tapicería y no ha salido nada. ¿Lo entiendes chico? Nunca sale nada, pero la gente ve demasiada televisión. Recuerdo una vez en el 98 que logramos identificar a uno que llevaba robando radios 4 años. El muy cabrón se había quedado dormido dentro del coche con el frontal extraíble sobre el pecho, después de haberse fumado 10 metros de papel albal. Para dejar huellas en un coche se debe tocar a conciencia alguna parte lisa y consistente, no vale la tapicería, ni el volante, sólo superficies lisas, ni siquiera la piedra con que te han destrozado la ventanilla. ¿Comprendes? No hay posibilidades chico, así que lo mejor será que llames al seguro y lo lleves lo antes posible a un taller para que le pongan una ventanilla nueva. A estas alturas tu documentación estará en manos de algún moro o algún negro con un coche como el tuyo, en Canarias o en Merzouga. Estamos en un país de mierda y esta vez te ha tocado a ti que te salpique. Lo siento mucho. Hasta pronto chico.

Sánchez era un poli alcohólico y fumeta, calvo como Kojak, gordo como Bud Spencer y feo como el Teniente Castillo. No se parecía ni a Bruce Willis ni a Nick Nolte, pero había sido el único en toda la mañana que había tenido agallas para contarme la verdad. Y la puta verdad era que nunca encontrarían nada, qué estaba empezando a ponerme pesadito con el rollo de las huellas y que lo mejor que podía hacer era irme a casa.

Antes de marcharse, Sánchez me estrechó la mano y esbozó una sonrisa al tiempo que decía: Chico, intenta colarle al del seguro la puerta rayada, colará porque a veces tratan de forzar la cerradura con alambres y destornilladores. Sánchez se alejó a paso rápido y desapareció por el único sitio por dónde desaparecen todos los problemas de un hombre: la puerta de un bar.